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Una mujer lapidada

Una mujer lapidada

Por el 9 de abril de 2015 en Apuntes con No comentarios

Una vez más moría una mujer lapidada a manos de unos verdugos que se creen superiores y mejores a ellas, hoy esta mujer daría su último paseo.

A penas podía mantener sus ojos abiertos, la luz del sol los deslumbraba a pesar de llevarlos ocultos tras la gran túnica blanca, un murmullo lejano le llegaba a sus oídos como zumbidos de abejas; notaba como el sudor le recorría su cuerpo totalmente cubierto, en cambio, muy profundamente, en lo más hondo de su ser sentía el frío traspasarle las venas.

Su cabeza estaba vacía de imágenes y de recuerdos, durante unos minutos se percató que hasta el miedo había decidido abandonarla, pero esto duró poco, en un momento determinado al llegar al llano central las mujeres que la acompañaban se dispusieron a meterla en el agujero que alguien se había molestado en hacer antes de que ella llegara.

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No matan las piedras, lo hacen las manos que las arrojan

Fue en ese preciso instante, al quedar de frente ante el gentío cuando pudo ver a su hermano y al hombre responsable de su desdicha; notó como su corazón comenzó a  palpitar  con tal fuerza que le pareció que se le escapaba de su cuerpo, se armó de valor y  buscó sus ojos, ellos agacharon sus cabezas y por un instante creyó ver la palabra perdón dibujada en sus labios, pero solo fue una impresión porque con horror vio como sus manos sostenían con fuerza las armas arrojadizas que dentro de unos minutos acabarían con su vida.

Un torrente de lágrimas inundaron su rostro, pero nadie pudo verlas; no hubo tiempo de más, sus piernas comenzaron a temblar y su vista se nubló haciéndose todo negro, como si la noche hubiera caído sobre ella sin previo aviso.

Sintió un primer golpe, tras él una punzada, con el siguiente la túnica blanca comenzó a cambiar su color y un  líquido espeso, rojo y caliente le empezó a recorrer la frernte, el zumbido de las abejas estaba cada vez más lejos, su cabeza ya no se sostenía y en ese instante la inconsciencia se apiadó de ella.

Después de unos minutos interminables una mujer moría de nuevo a manos de una religión y de una sociedad cruel, inhumana y tremendamente injusta.

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