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El síndrome de abstinencia

El síndrome de abstinencia

Por el 8 de septiembre de 2015 en Apuntes con 2 Comentarios

El síndrome de abstinencia le retorcía su cuerpo dolorido y le paralizaba el alma. Con un gran esfuerzo logró entreabrir sus ojos, los párpados pesaban demasiado para poder mantenerlos abiertos, extrañada miraba a su alrededor, pero aquella desconocida habitación en penumbra no le ayudaba a saber donde había dado con sus huesos ni como había llegado hasta allí.

Recorrió despacio cada rincón oscuro, cada esquina y cada trozo de pared blanca, al llegar a una de ellas un armario grandote parecía observarla silencioso y desconfiado; luego, llamó su atención una fina rendija por la que se colaba un hilillo de luz.

Saber que cerca de ella, en ese habitáculo sombrío donde se encontraba pudiera haber una ventana la tranquilizó, y un tanto curiosa quiso saber como de alto estaba el sol y cuanto tiempo le quedaba aún para esconderse, pero fue una misión imposible, su cuerpo inmovilizado no respondió, y mientras tanto su cabeza quiso saber, e intentó recordar cómo llegó ahí y quién la trajo a este lugar desconocido. Casi seguro que sería alguien que la quería lo suficiente, alguien que se arriesgó a ser odiado para toda la vida.

Su mente entumecida, la boca con un dulzor espeso, ese dolor de cabeza que le era tan familiar, además de las náuseas y del sudor frío que la recorrían entera, le indicaban que allí estaría durante muchos días, hasta lograr que esa necesidad que habitaba dentro de su cabeza y de su ser se fuera diluyendo progresivamente, unas circunstancias que alguien había provocado confiando que aún no fuera demasiado tarde.

Era consciente que le quedaba lo peor, vivir el paso de las horas vacías de cualquier sustancia, desear y necesitar con ganas aquello que le suministraba fuerza, aunque le arrancara la vida, sufrir la falta de aire, la asfixia que la abstinencia provocaba en su cuerpo y la necesidad imperiosa de salir corriendo y buscar aquello que su sangre, gritaba sin voz.

Solo podía gemir, llorar, compadecerse de su persona y esperar, esperar con resignación que su organismo se acostumbrara a la nueva situación, que su mente lograra alcanzar una pizca de control sobre tanta necesidad adquirida.

Hasta ese momento solamente estarían el síndrome de abstinencia y ella, los dos en un cruel mano a mano.

Sus lágrimas rodaron incontroladamente y su voz se negó a pronunciar ningún nombre, después apretó fuerte los puños y se quedó a solas con todos sus miedos y algunos sueños, uno de ellos ganar esta guerra que tan encarnizadamente estaba librando.

 

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2 Comentarios

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  1. Duro relato. Muy triste ese dominio que tiene la droga sobre la voluntad y los enormes esfuerzos que deben hacer cuerpo y mente para vencerlo.
    Al menos tu protagonista quiere salir, ese es un gran primer paso. Aunque quedan días muy difíciles.
    Un saludo

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